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¿Vale la pena tener esperanza o debería dejar de tenerla?

tener esperanza

La esperanza es lo último que se pierde.

Al menos eso es lo que muchos afirman, pero ¿por qué lo dicen? ¿Qué hay de bueno en tener esperanza? ¿Y si no esperamos hasta el final para dejar de “tenerla”?

Veamos antes qué significa la palabra esperanza para profundizar en las motivaciones y particularidades que hay detrás de esta.

¿Qué es la esperanza?

La palabra esperanza proviene del latín sperare que, sí, tal como lo imaginas, significa esperar.

Sin embargo, este modo de esperar no se refiere a un hecho concreto y pautado para que suceda en una fecha específica.

Tener esperanza no es esperar a que llegue un amigo para tomarse un café o esperar el día del concierto de un artista. Tener esperanza tiene un componente de deseo y de fe.

La esperanza es un estado de ánimo que alguien experimenta porque desea que algo suceda y tiene la fe puesta en que es posible y en que así será.

A priori, es un concepto que suena y se lee como algo bonito.

¿Quién no querría tener esperanza? Todos, ¿no?

Pero, como todo, hay un riesgo y, a veces, hasta peligro en tener esperanza.

tener esperanza
La esperanza puede ser un impulsor potente en muchas circunstancias difíciles, pero debe mirarse con lupa. No siempre se debe tener esperanza.

Prometeo y la esperanza

Según la mitología griega, Prometeo y su hermano, Epimeteo, fueron responsables de la creación del hombre.

Prometeo notó cómo su creación vivía en cuevas, pasaba necesidad durante el invierno y era presa fácil de los depredadores.

Entonces pensó que si obtenían el fuego, podrían calentarse, desarrollar nuevas tecnologías y mejorar su calidad de vida. Así que fue a pedirle a Zeus que le diera fuego a los hombres.

A Zeus no le gustó la idea porque temió que los hombres alcanzaran cuotas de sabiduría que no tenían y destronaran a los dioses.

Prometeo, insatisfecho con la decisión de Zeus, decidió robarse el fuego para dárselo a los hombres.

Entonces Zeus urdió un plan para cobrar tal decisión: le pidió a Hefesto y a otros dioses que crearan la primera mujer con un conjunto de características muy apetecibles para cualquier hombre.

Se llamó Pandora y era bella, inteligente y talentosa.

Zeus se la dio con algo más como regalo a Epimeteo, quien rápidamente quedó prendado con ella.

Lo que Pandora llevaba consigo era una caja que contenía todos los males del mundo. Ella, a pesar de que el dios le había pedido que nunca la abriera, la abrió y vio como todo su contenido se regaba por el mundo.

Lo último en salir de la caja fue la esperanza. De ahí que sea lo último que se pierde.

Ahora bien, más allá del relato, hay algo interesante en el hecho de que la esperanza estuviera en una caja que contenía todos los males del mundo y son las interpretaciones al respecto.

Por una parte, podemos interpretar que la esperanza es ese estado que siempre queda, pero por otra, tal vez no sea tan positiva como nos hacen pensar, pues venía como un paquete de circunstancias dañinas para la humanidad.

La forma en que los antiguos griegos veían la esperanza nos aporta un punto crítico que hoy en día es poco mencionado.

Tener esperanza no siempre es bueno. Veamos por qué.

¿Por qué no es bueno tener siempre esperanza?

La esperanza puede ser un freno para el progreso, para la toma de decisiones trascendentales y un  motivo para la inacción.

Imaginemos que Juan no pierde la esperanza de que el nuevo año sea mejor que el anterior.

¿Qué está haciendo Juan para que eso cambie? ¿Tener solo esperanza es suficiente?

Pensemos también en María, quien está en una relación de violencia en la que su pareja tiene problemas de alcoholismo que se niega a tratar.

Ella no pierde la esperanza de que la situación cambie, por eso se aferra a la idea de que algo le haga cambiar de opinión y pida ayuda profesional.

Así pasan los años y nada cambia. Ella termina cansada y la relación de todas formas se termina.

Casos como estos son muy comunes y demuestran que la esperanza puede convertirse fácilmente en frustración.

De hecho, la esperanza también se puede convertir en manipulación y es algo que se evidencia en muchos tipos de relaciones.

Un triángulo amoroso puede mantenerse porque una de las partes le dice a la otra que espere porque pronto se divorciará de la otra persona para ser oficialmente una pareja.

Es claro que muchas veces esto no sucede.

Un gobierno puede también mentirle a quienes gobierna con falsas promesas de esperanza que nunca llegan.

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Debemos tener particular cuidado con no atribuir responsabilidades de forma errónea, solo por actuar o pensar bajo la idea de que tener esperanza nos va realmente a ayudar. 

Ventajas de tener esperanza

La esperanza puede ser un motivador cuando una situación se pone difícil. El caso de Victor Frankl, psiquiatra austríaco sometido a distintas vejaciones en los campos de concentración nazi relata en su libro “El sentido de la vida” cómo lo ayudaba la idea de esperar que su situación cambiara algún día.

Su caso nos aporta luces acerca de cuándo la esperanza cobra mayor significado: cuando los cambios dependen de alguien más.

Con este enfoque, la esperanza resulta positiva por cuanto mantiene a alguien con la suficiente motivación para afrontar una situación en la que sus posibilidades de actuar son previamente reducidas al máximo.

 

Desventajas de tener esperanza

La inacción en escenarios en los que se puede hacer algo para cambiar una situación por cuenta propia es la más notoria.

La esperanza funciona entonces como una cesión de poder en la que la responsabilidad para actuar queda en manos de otros.

Si se trata de un asunto de salud, solo un médico o dios tienen responsabilidad, con lo cual se desestima la idea de nutrirse correctamente, cambiar hábitos o, incluso, valorar otras opiniones médicas.

La esperanza puede ser paralizante y sumir a la persona en un aparente estado de fe ciega en la que no se cuestione cuáles son las posibilidades que están en sus manos.

 

Conclusión

La idea de tener esperanza no debe ser nunca una imposición, ni siquiera una forma funcional de abordar un problema o una situación.

Si bien es cierto que en muchos contextos personales, tal estado de ánimo puede reconfortar o dar un empuje extra para seguir, la mayoría de problema reales deben abordarse con un plan que permita trazar acciones concretas y medibles.

 

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