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Cómo saber si mi hijo necesita un psicólogo

llevar a mi hijo al psicólogo

Los niños también sufren, se inquietan. Ellos también sienten los rigores de lo que sucede a su alrededor, pero muchas personas suelen dejarlo pasar porque suponen que los problemas de los niños son eso: asunto de niños.

Este grave error puede conducir a situaciones que se agravan durante la preadolescencia, la adolescencia y, por supuesto, la adultez en sus diversas etapas.

Para evitar que esto suceda, es fundamental plantearse la salud y la atención psicológica como algo necesario del mismo modo en que, si un niño tiene fiebre, lo llevamos al médico para que lo examine.

Las siguientes son señales de que un niño debe ir al psicólogo. Presta atención a cada una para que descubras si te identificas con alguna.

 

1. Conductas destructivas

Si tu hijo tiene conductas como arrancarse cabellos, clavarse sus uñas en la piel, golpearse a sí mismo o contra alguna superficie, definitivamente es momento de que acudan con un profesional de la salud mental. Ambos.

Muchos padres optan por atribuirle al niño o niña la responsabilidad absoluta de lo que hace y sabemos que ellos están aprendiendo de lo que ven a su alrededor o expresando lo que les agobia de su entorno.

Las autolesiones son mecanismos para expresar aquello que les preocupa o que les causa ira, miedo o tristeza. Si considera que hay algún riesgo en verbalizarlo, es probable que considere las conductas que mencionamos como las únicas viables.

 

2. Los hábitos para comer o dormir cambiaron de repente

La forma en la que comemos suele hablar de la manera en que afrontamos el mundo. Por ejemplo, comer en exceso o cierto tipo de alimentos se asocia con ansiedad. La pérdida de apetito se asocia con estados de tristeza o preocupación.

De cualquier modo, ambos pueden ser preocupantes si no se atienden a tiempo.

Algo similar sucede con los hábitos para dormir. Dormir poco o mucho puede ser una señal evidente de que algo no anda bien con tu hijo y lo mejor es que te hagas cargo antes de que la situación se haga más difícil de abordar.

 

3. Tristeza excesiva o sin motivo conocido

Si bien la tristeza es una emoción que debemos validar y permitir en los niños, vista su naturaleza, es poco común que ellos estén tristes, sobre todo sin motivo conocido o que lo estén durante mucho tiempo.

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Cuando un niño se aisla de las actividades que antes le gustaban es fundamental estar alerta e indagar en lo que le está pasando.

Es importante que cuando estés indagando en lo que le pase evites frases con las que él o ella se puedan sentir defectuosos por sentir lo que están sintiendo. La idea no es “castigarles” por la tristeza ni invitarlos a que estén alegres porque la vida es muy bonita, porque hay mucho con lo que jugar o porque, en teoría (errónea forma de verlo) cuando se es niño no se deben tener preocupaciones.

4. Regresiones en el comportamiento

Para entender mejor el concepto, una forma de ejemplificarlo es pensar en un niño, por ejemplo, de 9 años que, de un día para otro, comience a hablar como bebé nuevamente.

De alguna forma, se trata de una regresión en el comportamiento, pues no es esperable esta forma de hablar si ya superó la etapa natural en la que lo hacía.

Este tipo de acciones son comunes cuando nace un hermanito en la familia, pero no deben pasarse por alto si se prolongan en el tiempo.

Otros tipos de regresiones son:

  • Orinarse en la cama
  • Expresar con rabietas su molestia
  • Tener ansiedad excesiva por la idea de no estar con los padres
  • Miedo desmedido ante situaciones que antes se afrontaban con normalidad

5. Aislamiento social

La mayoría de los niños son sociables. Mientras que los adultos pasamos por una serie de procesos y fórmulas para poder entablar una conversación, ellos, en cuestión de segundos, ya pueden estar corriendo y jugando como los mejores amigos.

Aunque esto no tiene por qué ser así siempre, cuando el niño se aisla o cuando le cuesta relacionarse fácilmente con otros niños, debes poner particular atención.

Si bien es cierto que muchos niños son tímidos, lo cual es normal y no tiene que convertirse en un objeto de reprobación, se debe aprender a diferenciar cuándo se trata de un rasgo de su personalidad y cuándo es un hecho relacionado con una preocupación.

Algunas señales de aislamiento social son:

  • Insistencia por estar solo o sola
  • Falta de ganas por realizar las actividades que antes le daban placer: jugar, por ejemplo.
  • Preferencia por la idea de quedarse en casa en lugar de salir a disfrutar, por ejemplo, de una comida en familia o una visita al parque.

 

6. Comentarios o acciones directas de autolesión

Aunque parezca inverosímil, hay niños hablando de autolesionarse, incluso con conversaciones en las que aparece el suicidio. Esto es algo grave que amerita la asistencia psicológica inmediata y, por supuesto, la revisión profunda de lo que está pasando en el entorno.

No se debe ver lo que el niño hace como un hecho aislado. Él o ella son solo el reflejo de algo que está sucediendo alrededor suyo.

Ni siquiera hace falta que aparezca la palabra suicidio. Acciones como golpearse la cabeza contra la pared, una puerta o golpeársela con algún objeto, clavarse las uñas en la piel, arrancarse cabellos y otro tipo de hechos similares son, definitivamente, un llamado de alerta para ir al psicólogo.

Cómo saber si mi hijo necesita un psicólogo – Conclusión

No hace falta esperar a que un niño esté derrumbado en lo emocional para poder llevarlo al psicólogo. Todo lo contrario. Apenas él o ella estén dando muestras de angustia o preocupación, se debe pedir ayuda especializada.

Un acto de responsabilidad es asumir que lo que le sucede a los niños tiene que ver mucho con lo que hacemos los adultos. Por tanto, ir al psicólogo

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