La crisis: un proceso necesario

Anteriormente a los años 70, una relación de pareja podía durar toda la vida. En la actualidad, las estadísticas muestran una tendencia en el sentido inverso. En Chile, por ejemplo, por cada 100 matrimonios celebrados hasta abril de 2012, otras 118 parejas casadas inscribieron su quiebre matrimonial en el Registro Civil, lo cual representa el mayor índice de rupturas conyugales en la historia de nuestro país. En el mundo moderno el escenario es que una persona promedio tenga 3, 4 o más relaciones significativas a lo largo de su vida, con lo que se ha incrementado muchísimo los procesos de separación y elaboración del duelo. Algunos piensan que estamos frente a la cultura de lo desechable, otros ven como positivo que la sociedad ya no imponga, como era antes, que una relación tenga que ser para toda la vida cuando las cosas no funcionan.

Lo cierto es que una relación de pareja implica cada cierto tiempo una crisis importante y es normal que ello ocurra. Si una pareja no tiene ninguna crisis tras varios años de estar juntos es porque en realidad no existe una pareja como tal. Los dos no tienen ninguna relación y por eso no discuten. Es en las crisis donde los miembros de la pareja intentan conectar el crecimiento personal que cada uno ha tenido, donde se renegocian los roles y se da la posibilidad de permanecer afectivamente al lado de la pareja más allá de los cambios que cada uno haya ido experimentando en el tiempo. A fin de cuentas, para seguir juntos, no es necesario tolerar por tolerar, lo importante es comprender si la decisión de continuar es lo que más le conviene a la pareja y en caso de optar por ello, ser capaces de volver a pasarlo bien.

¿Cuándo es necesario terminar?

También suele ocurrir que hay crisis terminales, en las que al menos uno de los 2 miembros de la pareja cambió irreversiblemente el tipo de afecto que sentía por su compañero o donde la frecuencia de las discusiones y la pérdida del respeto por el otro no le dan un buen pronóstico a una reparación. Una terapia de pareja es una excelente instancia tanto para seguir como para terminar. Muchas personas no saben qué es lo mejor. Una terapia les ayuda con esto. Por otro lado, terminar no significa terminar mal. Se puede hacer de forma madura y menos dolorosa, sin caer en la aversión por la otra persona. Las separaciones son un proceso normal en la vida de cualquier ser humano y todo ciclo puede cerrarse adecuadamente en tanto se es capaz de conversar y comprender cuándo y por qué se debe hacer.

¿Infidelidad, celos, qué perdonar y que no?

Cada pareja tiene sus propias reglas de funcionamiento, reglas que se han establecido explícita o tácitamente a lo largo de la relación. Una terapia no parte de una base moral de lo que es bueno o malo, aceptable o inaceptable. Más bien intenta propiciar la flexibilidad emocional de ambos miembros de la pareja en términos de lo que sea adecuado para la vida cada uno, de modo que se esté en condición de escuchar al otro y ser escuchado por el otro. Es sólo en ese diálogo genuino que se puede tener una imagen más completa de la pareja, es decir, menos polarizada. La idea es ver al compañero no de forma idealizada ni aversiva, de modo de poder reconocer en el otro al ser humano con virtudes y defectos y en ese reconocimiento decidir si se acepta su compañía.