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La vida en pareja: Un camino entre igualdad y diferencia, en la busqueda vital de sentido y proposito

 

La idea y motivación para la elaboración de este artículo, nace gracias a la experiencia que, como psicólogo clínico, he venido teniendo en el acompañamiento de parejas que viven tiempos de crisis. Aquí, se pretende invitar a observar, identificar y profundizar en un aspecto central del ser humano: La vivencia de la relación amorosa y sus cambios. ¿Qué es dicha vivencia? ¿Cuáles son sus formas típicas de manifestación y transformación? Y ¿Qué expresa respecto a cada individuo (historia personal, historia parental, etapa vital)?
 

El encuentro con el otro en función de la relación de pareja, es un proceso que se ha expresado de maneras diferentes a lo largo de la historia occidental. La palabra “pareja”, viene del latín par, paris (igual), que significa asignar, atribuir, dar partes iguales; así mismo, la palabra “encontrar”, viene del latín in contra (en contra). Originalmente se refería a salir al encuentro; más tarde, tomó el significado de hallar.
 

Es consistente con la experiencia ahondar en cómo los significados de las palabras, que actualmente usamos de forma casi automática, han surgido de un conjunto de vivencias transmitidas y ligadas entre sí históricamente. ¿Acaso el encuentro erótico o de pareja tiene algo que ver con el enfrentamiento (salir al en cuentro/en contra? ¿Y qué tanto, verdaderamente, por partes iguales? Bien es conocida, popularmente, aquella metáfora que alcanza a representar la relación de pareja en conflicto como un campo de batalla.
 

A este respecto surge una primera reflexión en base a lo que es la relación de pareja y a lo que las parejas traen a consulta como motivo o conflicto. Pareciera que las relaciones de parejas se han concebido tradicionalmente bajo un prisma de significados que develan el deseo de unión de “dos iguales”. Muchos pacientes que están en terapia de pareja se han encontrado enamorados el uno del otro especialmente al sentirse plenos compartiendo cosas juntos; momentos, espacios, intereses, gustos, proyectos y, en definitiva, uno o más hijos.  El conflicto está dado allí dónde bajo cierto encantamiento o expectativa de igualdad, comienza a surgir algo inevitable e inherente a toda relación de pareja: las múltiples diferencias en costumbres, hábitos, decisiones, pautas de educación de los hijos, posicionamiento en la vida en general, entre otras, por parte de cada uno. 
 

Pareciera que entre más aproximación va existiendo entre “dos iguales” va creciendo a la vez una necesidad de distanciamiento y diferenciación, como aspecto compensatorio u opuesto a una sola forma de llevar la relación. Esto conlleva en la experiencia, sentimientos de extrañeza que, comúnmente, son interpretados por las personas que lo viven como “pérdida del amor” o “monotonía en la relación”. Al respecto, las parejas comienzan a querer encontrar una solución pronta a esta dificultad o problemas vinculados ya que no se soporta el sufrimiento que conlleva, siendo la alternativa más directa el literalizar dicho distanciamiento a través del llevar a cabo una separación en lo concreto.
 

Cuando lo que es complejo vivir, como lo es la vida en pareja, se experimenta mediante una actitud convencional del deber y la apariencia, surge el sufrimiento, ya que las personas involucradas no estimaban lo que podría ser realmente el otro como ser diferente, es decir, con más defectos y vulnerabilidades que lo asumido en el enamoramiento. El llevar una vida en pareja bajo los cánones de la colectividad, donde se ha acostumbrado a representarse la relación y vida familiar como algo próximo al “paraíso”, donde se trata de vivir “bien” y con dificultades fáciles de llevar, ha resultado, en nuestros días, ser utópico y poco asertivo. El deber y la apariencia en este sentido, tienden a suprimir aspectos de la naturaleza masculina y femenina que al no recibir la suficiente atención por ser poco familiares, terminan quedando en el lugar de “las sombras”, generando patología.
 

El asumir y validar las diferencias en nuestros tiempos, convoca el dar cabida al dolor, a la de-generación, a la depresión y el sufrimiento a través del trabajo consciente y consistente en aclarar resistencias y defensas que se han vinculado a experiencias individuales y, más profundamente, a experiencias familiares y culturales. Antes que “arrancar” de una relación, sería sensato primero, y mediante una actitud psicológica, ahondar en lo que individualmente no ha podido resolverse y que la pareja –el otro- solo recuerda o gatilla, la mas de las veces, involuntariamente.
 

Por lo general, aquellas personas que se separan de su pareja, ya fuera porque tenían muchos conflictos personales sin resolver, siendo en gran parte responsables de esa separación, o porque no estaban dispuestas a tolerar más las deficiencias y problemas del otro,  se ven más adelante, de alguna u otra forma, repitiendo estos mismos conflictos en nuevas relaciones. ¿Por qué? Quizás porque no se profundizo lo suficiente en qué, de lo que se activó en esa primera –o primeras- relación, tenía que ser elaborado psicológicamente, habiendo quedado más bien nuevamente suprimido o relegado a un olvido, por no profundizar en el sufrimiento legítimo en la búsqueda de verdaderas respuestas.
 

En terapia de pareja surgen, a través de los contenidos problemáticos, aquellos elementos complejos de cada uno que han sido ignorados o aplazados por décadas, incluso familiares. Mediante un trabajo de “separación” simbólica y síntesis integrativa, que abarca diversas áreas de la vida en pareja como lo pueden ser, la comunicación, el trabajo, la sexualidad, el rol parental, la familia extensa, entre otras, se posibilita el restablecimiento de nuevas formas de significado y toma de decisiones, más que para volver a concurrir en los mismos errores molestos, para avanzar en el proceso de la vida, con sentido y propósito existencial.  
 

Juan Alejandro Bohorquez S.
Psicólogo Clínico.
Chile Psicólogos